Escrito por Antonio E. González Rojas
Jueves, 19 de Julio de 2012 08:04
Amén las suspicacias y reservas que pueda despertar entre públicos conservadores o no avisados en cuestiones de cine autoral, La Piscina (Carlos M. Quintela, 2011), el más reciente estreno en el circuito nacional del ICAIC, donde se incluyó el cine teatro Luisa de Cienfuegos, es una de las más significativas obras de jóvenes realizadores cubanos que demarcan una vuelta de tuerca estético-discursiva al main stream de la fílmica nacional, junto a piezas como El patio de mi casa (Patricia Ramos, 2007), Memorias del Desarrollo (Miguel Coyula, 2010), La Guarida del Topo (Alfredo Ureta, 2011) y Camionero (Sebastián Miló, 2011).
Se perfila a buena hora un salto cualitativo en cuestiones de poética y lenguaje audiovisuales, como en décadas precedentes sucedió con los entonces debutantes y muy virulentos Juan carlos Cremata y sus Oscuros rinocerontes enjaulados (muy a la moda), de 1990, Jorge Molina (Molina´s Culpa, 1992) y Arturo Sotto (Talco para lo negro, 1992). Todos los mencionados, amén las distancias temporales, se han sacudido de las espaldas poses pseudo-alternativas y maneras acuñadas por los diversos practicantes de una suerte de endogamia artística que propaga el temprano agotamiento, la estereotipación y el raquitismo formal/conceptual entre la mayoría de los realizadores noveles.
Quintela, el director de arte Carlos Urdanivia y Raúl Rodríguez, a cargo de la fotografía, otean los diversos horizontes y jalones del audiovisual internacional, articulando verdaderos ejercicios de estilo como los mencionados, signados todos por la impecable factura, el máximo aprovechamiento de las capacidades expresivas de la fotografía y la cuidada dirección de arte en sentido general. Sientan clara distancia respecto a la desaliñada rusticidad más común, suscitada en mayor medida por impericias fílmicas que por la congénita carestía del cubano.
Con la delicadeza y el lirismo heredados de orfebres contemporáneos de la imagen, la composición y el silencio significativo como Antonioni, Tarkovski, Tarr, Malick, Kim Ki-duk y Reygadas, los realizadores de marras otorgan un protagonismo palmario al contexto, articulando con sus cuatro aristas el propicio bastidor para entretejer todo un sutil tapiz de relaciones, conflictualidades y sentimientos humanos, no menos sólidos y desarrollados por ser levemente sugeridos desde el lenguaje no verbal de los escuetos cinco actores protagónicos y la aparente levedad de sus acciones, desarrolladas todas en un día de terapéutico entrenamiento natatorio para estos adolescentes “especiales”, bajo cuyas calmas superficies bullen las hormonas, los anhelos, las frustraciones, los deseos de ser y vivir.
La Piscina concomita entonces en más de un aspecto y expande las pautas sentadas años antes por El patio, de Patricia Ramos, en tanto la pausada contemplación de las acciones apenas esbozadas; la casi estática progresión factual; la llaneza anecdótica; la distensión de los planos sin pecar de pedantería ni mera provocación; el énfasis en la atmósfera, el espacio y todos los elementos materiales contrastantes y complementarios respecto a la igualmente minuciosa cartografía facial que se hace de cada personaje.
Las aguas de la alberca están tan estancadas como las existencias de los personajes, quienes se protegen de sus miedos, impedimentos y reales sentimientos con la mudez renuente en el caso de Oscar (Carlos Javier Martínez), la agresividad dominante de Diana (Mónica Molinet), la burlesca frivolidad de Rodrigo (Felipe García), siempre secundando a la chica en sus monótonas chanzas contra un Oscar al que desea arrancarle palabras y más cosas, el más sincero espejismo amoroso de Dany (Marcos Acosta) con Diana y la indiferente resignación del profesor (Raúl Capote), postrado voluntariamente junto a sus pupilos, bajo la presión de un infausto e indefinido pasado que refleja a plenitud su rostro sin vida. Bajo su vacía mirada se desarrolla el cuadrilátero amoroso, amargo juego de ilusiones/alucinaciones que es uno de los dramas capitales de la adolescencia, etapa de sedimentación telúrica de saberes y perspectivas, en la que los caracteres están sumergidos a tope con indefinidos deseos de desbordar.
Ante la falta de diálogos complejos y lo exiguo de los escasos parlamentos, prescindibles a la larga, la composición de los caracteres delata profundos ejercicios de aprehensión y organicidad por parte de los actores implicados para que las personalidades se desbordaran a cada mirada y cada gesto, correspondiendo a los acuciosos estudios de los rostros acometido por parte de la dirección de fotografía para dilucidar las luces y sombras de cada uno.
La Piscina propone así al espectador un ejercicio empático y decodificador para dilucidar (y recrear) de conjunto, cinta y receptor, las conflictualidades confluyentes que encrespan la estancada placidez de las aguas atrapadas en el cemento. Como rocas se sumergen los personajes. Provocan iguales ondas concéntricas que se mezclan, colisionan y difuminan en nuevas figuras líquidas, nuevas historias que transcurrirán a plenitud en las mentes de Rodrigo, Diana, Oscar, Dany y se camuflarán en los antagonismos y agresividades con que los humanos protegen sus verdades íntimas.
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1) Cine Cubano
Autor Arian Castillo Pita
Hola mucho gusto en escribir a este sitio, nuestro Cine está dando frutos, ya era hora, muchas felicidades a todos los cubanos.
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