Escrito por Yansulier García Álvarez
Viernes, 29 de Enero de 2010 16:16
Los arpegios de la zampoña nos lo anunciaban el día menos pensado. Con ese exótico instrumento compuesto de varias flautitas juntas llegaba a nuestra vida el viejo y gris amolador, montado en una bicicleta asmática del año de la corneta.
Creo en el amolador que vive de fabricar estrellas de oro con su rueda maravillosa.
Aquiles Nazoa, Credo.
Los arpegios de la zampoña nos lo anunciaban el día menos pensado. Con ese exótico instrumento compuesto de varias flautitas juntas llegaba a nuestra vida el viejo y gris amolador, montado en una bicicleta asmática del año de la corneta. Entonces promovía en el pueblo un tremendo revolico, y algunas amas de casa buscaban como locas una cabuya o cordel, para amarrar el sortilegio de la zampoña a la pata de la mesa. Era de buena suerte.
En realidad, nunca conocí a ciencia cierta el nombre de pila, procedencia o destino de aquel ignoto ciclista encantador; pero a la luz de la nostalgia se me ocurre que pudiera llamarse Tristán… ¡Por supuesto, era Tristán, de oficio amolador y fabricante de estrellas!
En cuanto mi abuela escuchaba la zampoña silbando sus colores por el resistero del callejón, en el costurero echaba garra a las tijeras –utilísimas también para conjurar el viento y los truenos en tiempo de aguas o librar batallas campales contra los rabos de nube–; y salía con las tales armas enhiestas.
“Yey, familia”, saludaba Tristán, mientras se apeaba de la bici-cachivache y abría su asombrosa caja de herramientas, escueto y bien surtido taller portátil. Arremangada la camisa, tomaba con la diestra las tijeras de mi abuela; en tanto accionaba con la izquierda la manivela del tibe o piedra esmeril, y rompía a amolar cada hoja del instrumento.
La fricción del acero con la piedra giratoria en perpetuo movimiento, emitía un chirrido áspero y duro, indeleble en mi memoria hasta el sol de hoy; mientras saltaban efímeras, en cascada o dibujando arabescos, un ceremil de estrellas. Por aquel molino de chispas y limallas pasaban en el entredía un ajilorio de tijeras, navajas, cuchillas y guillotinas, las cuales todavía no se revelaban a los niños como agudas y filosas prolongaciones de las virtudes y defectos de sus dueños.
Al terminar cada labor, dejaba de mover Tristán el manubrio, deteníase el portentoso disco, y enseguida se apagaban las estrellas… Aquellas estrellas de oro que con su arte forjara el triste amolador. Luego ajustaba a las tijeras la trabazón de sus hojas por el eje; y daba un tijeretazo certero a un pedacito de trapo.
Tarde ya en el batey, aterrillado y sudando los dientes, el infatigable hombre-numen acotejaba las herramientas en el cajón de taumaturgo, de acuerdo con una liturgia sigilosa y metódica. Con el dorso de la mano se enjugaba el sudor; y montado en su velocípedo asmático del año de la bomba, abandonaba nuestro pueblo, donde la vida sin él seguiría siendo lo de siempre, un devenir irrefrenable hacia la nada, carente de pequeñas y fugaces estrellas que iluminaran la desilusión.
Así se iba Tristán: sin Isoldas ni glorias; Tristán, amolador de tijeras; Tristán, fabricante de estrellas. Comparable con el cometa que se aproxima a la tierra una vez cada cien años y ondea por el cielo la cabellera luminosa; de igual modo marchaba Tristán, dejando en el aire del atardecer la variopinta estela musical de los arpegios de la zampoña.
Ahora que su estirpe se ha borrado del mundo, ahora que Tristán no ha vuelto más, y las abuelas no atan a las mesas la melodía de la zampoña, ni sus tijeras pueden cortar tornados ni las tempestades conjurar, algunos en el pueblo sabemos cuánto lo quisimos y cómo nos hacen falta sus estrellas.
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